Anticlimax.
Más que ser sentida,
más que vitorear el éxito de una mentira,
prefiero vomitar los arrepentimientos
en forma de recortes que interpretaciones.
Recortes de un papel que me consume más allá del acto, en identidad.
Una voracidad emocional recíproca.
Entiendo al arte como reflejo del sentir,
desnudo y doloroso.
Es mi única forma de sentir:
ser quien siente, no quien narra.
Cualquiera puede narrar.
Sentiría pudrirse mis manos
si de otra manera fuera.
La autenticidad no requiere validación;
se retroalimenta y adueña,
se hace un hábito prohibido.
Y me obliga a quemar todas mis prendas
para no volver a esconderme tras ellas
cuando el frío de mayo me obligue a quemarme.
Porque incluso mi actuación
es real en sentimientos.
El sentimiento no se puede falsear
para quien realmente tiene presente el rostro,
a veces vergonzoso,
de quien no quiere ser.
Es imposible impostar una voz tan tímida
o dibujar un rostro que evitás mirar.
Quizás sentir tanto me condicionó.
Me brindó la soledad,
y mi autoimpuesta autenticidad,
esta incómoda y orgullosa maldición:
mi lógica emocional opera renuente,
con arcadas secas
y ganas de marchar urgente lejos del lugar,
al escuchar voces limpias
hablando de rotura,
ver ojos firmes hablando de penas oscuras,
y pies mentirosos señalando con soltura
lo que más les interesa
en respuesta a emociones pasajeras.
“Superficial”, digo, con tonada altanera.
Y rechazo el banal acto de canalizar sin entregarse,
como el sexo casual
o un beso formal antes de irse.
Porque para mí, crear
es plasmar algo más profundo que eso.
No puedo hablarte de algo
que no me atormente
en lo más profundo de mí.
Algo que no me llene
o algo que no sea tan propio
como yo pudiera serlo
sin entregarme a estas ideas.
La miseria es una etapa.
El dolor, una respuesta.
La tristeza, un sentimiento.
Pero todas son artistas:
poseen y lastiman tu cuerpo
hasta romper tu resistencia.
Pregunto con insistencia,
con esta duda insoportable que me aleja de la gente:
¿cuánto es capaz alguien
de negarse a sentir?
Y espero la ausencia como respuesta,
retorciendo la retórica,
tomando esa espera como un desafío al mundo
que, con roto orgullo,
siempre genera fisuras
en algún punto de esa coraza.
Se me ven las uñas rotas
y los dedos desangrados.
Los guantes más elegantes que he encontrado
han resultado transparentes.
Mis huecos más profundos
son portales desnudos
a la pesadilla silenciosa de hacer pública
la intimidad interna
ante un público de fantasmas exigentes
que claman por conocerme,
viendo más allá de amoríos,
envidias o deseos.
No se acuerdan mi nombre.
No me tratan con cariño.
Nunca lo hizo, lo hicieron, ni lo harán.
Pero estar tanto tiempo
atados con alambre
nos dio cierta costumbre de cercanía.
Los extraño cuando llega el día.
Me resulta emocionante ver la miseria.
Me identifica.
Me recuerda esa conexión vacía
con la vacante
que siempre vuelve a llenar.
No me da lástima.
Es una pena profunda.
La amo tanto
que le regalé un pedazo de mí.
Ojalá no sea inmortal,
así podemos morir juntos.
Comentarios
Publicar un comentario