"Es mejor ignorar".

Hartazgo, insistente resonancia que merma la paciencia y la cordura antes que el oído.

El crujir del cansancio se vuelve una insoportable percusión arritmica con el paso de las semanas, cada movimiento es más pesado que el anterior y la sola idea de moverse es un desafío que progresivamente, se hace más fácil declinar, optando uno por, en ocasiones que son cada vez más frecuentes, simplemente entregarse al cobarde ostracismo, ese que nunca promete nada, pero tampoco decepciona.

La recompensa nunca es tan grande, tras varios intentos, rápidamente se cae en cuenta de que independientemente de las expectativas o la cantidad de voluntad que se pueda invertir en ello, no habrá un cambio o recuperación consecuente.

Similar a lo que ocurriría con un perro adiestrado o un niño víctima de maltrato, el bien intencionado error de la intención, se transforma en la campana que dispara, como reaccion, una auto-cumplida profesia de fracaso. 


-Debe ser el ruido- pensé ante el pico de estres, y consecuente con la adaptabilidad, quizás solvencia, de la que tanto me enorgullecía, decidí adoptarlo como parte del ambiente.

En Guantánamo, durante la guerra de Irak, las fuerzas estadounidenses descubrieron una poco convencional táctica de desestabilización con el objetivo de mermar la salud mental y debilitar las fuerzas enemigas, que consistía en exponerlos durante largas jornadas a audios de gritos, sonidos estridentes e incluso música, hasta un punto en que perdieran la noción del tiempo, se desorientaran y en ocasiones, llegasen a enloquecer o desarrollar profundos traumas en respuesta.

Quizás sea imposible para el humano aceptar el malestar de una forma pacifica; asimilarlo y naturalizarlo sin esperar que el mismo se vuelva parte de sí.

Suele, en mi fiable y subjetiva experiencia, transformarse tras un periodo de incubación y bajo las condiciones correctas, en un basilisco, uno capaz de inhabilitar los recursos que permitirían controlar su accionar, y que yace amenazante en espera a ser estimulado por el seductor aroma del estrés, con renovadas ansias de alimentarse de todo lo que pueda ver, una vez destrozado y moldeado de la forma idonea, como un cálido nido dónde seguir expandiéndose, al igual que un cáncer, infectando esas áreas de la experiencia que pudieran amenazar su mediocre voracidad. 


Ruido en mi torrente sanguíneo, pesa mi piel e irritan mis cabellos. Soy una incomoda gramola que servirá de distracción para esa repetitiva canción que mi cráneo reproduce en bucle.

No quiero escucharla ni escucharme, pero los sonidos son escasos, el exterior está hecho de ruido y necesito arrancar todo de mí para evitar volverme huésped de esta colonia, deambulante nido del enjambre de gusanos que soñé ayer. 


Mierda, los basiliscos eran más interesantes.

Nadie quiere combatir gusanos.

Yo les tengo lastima.

Mejor los ignoro.

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